La historia del exilio de Gabriel García Márquez

Por Abril 22, 2014
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Durante el gobierno cívico-militar del tristemente famoso dúo Turbay Ayala & Camacho Leyva, a principio de los años 80, Colombia parecía ser el infierno más grande de la Tierra. La gente cada día trajinaba con el miedo a cuestas. Las protestas populares eran reprimidas con carrotanques y fuego de fusiles. Las guarniciones militares albergaban más seres destrozados por la tortura que soldados. Las armas de corto y largo alcance le habían cedido lugar a la cuchara para sacar ojos, la tenaza para arrancar uñas, picanas, cuchillos que ponían la lengua de corbata, agujas, palos de escoba para hurgar vaginas y un sinnúmero más de utensilios del dolor. Y como desprendidos de un famoso discurso, las cárceles colombianas pululaban de “Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada.”

Por esos días el escritor Gabriel García Márquez creaba textos en algún lugar de la bulliciosa y gris Bogota. Tenía para trabajar “un estudio sin luz natural y una máquina de escribir eléctrica.” Lejos, muy lejos estaba de pensar que los dueños del terror le tenían el ojo puesto. Pero para bien del escritor y de los soñadores del mundo, alguien cercano al futuro Nóbel le pasó la voz de alerta. Las ganas que tenían los militares de interrogar al conocido narrador de Aracataca no eran para nada infundadas. El agua para el submarino ya la tenían represada. Pero García Márquez, sin pensar en la duda, corrió con su mujer a tocar puertas en la embajada de Méjico. Allí lo esperaba el agreste camino del exilio.

Enseguida Rafael Santos Calderón, a quien conoceréis por la mezquindad de su escritura y su porte de vulgar potentado, expelió su esencia de lamebotas de los militares publicando, bajo el seudónimo de Ayatollah, la sórdida nota: Viaje gratis a México (ver recuadro más abajo). Dicha publicación apareció el domingo 29 de marzo de 1891 en el periódico El Tiempo, del cual su familia era dueña. El día 8 de abril de 1981, ya lejos del ruido de los sables, Gabriel García Márquez aclaró, con la nobleza que escribía, la verdad de los hechos, en una columna publicada en El País de España. De paso respondió a la aleve nota divulgada por Ayatollah en El Tiempo, ese mismo diario que este fin de semana no ahorró ni papel ni tinta para referirse al deceso del hombre más ilustre y mentado que ha parido Colombia. Lástima que la tinta no les alcanzó para pedir disculpas, así fueran póstumas. Dejamos en manos de nuestros lectores la mísera publicación de El Tiempo y la columna de Gabo que al decir de la también exiliada Imelda Daza, es un soberbio trozo de gran literatura que también pudiera darle algunas ideas a tantos periodistas que desde que supieron de la muerte de García Márquez no han hecho más que repetir pendejadas.

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