Reconstruyendo y reclamando Memorias: Un recorrido por el parque La Florida

Por Enero 6, 2018

Por Camila Marín.

Tomado de Reconstructing and reclaming Memories.

Camila Marín en la Universidad Nacional

Camila Marín en la Universidad Nacional


Durante mi última visita a Colombia, decidí emprender un viaje enormemente personal visitando un espacio público que ha marcado la vida de mi padre para siempre, en dos ocasiones distintas, el Parque La Florida. Ubicado en las afueras de Bogotá, este parque es hoy en día conocido por su flora y fauna, pero tiene un significado completamente diferente para mi familia y para mí.

En abril de 1978, mi padre abordó un pequeño avión de carga a Barranquilla. Trabajaba como vendedor de zapatos para sostenerse mientras estudiaba en la Universidad Nacional de Bogotá. Uno de sus amigos era un piloto de un avión de carga, quien lo había transportado a varios territorios nacionales como el Amazonas y Guainía, donde no llegaban los aviones comerciales. El piloto tenia un vuelo temprano a Barranquilla donde estaba distribuyendo los periódicos de El Espectador y El Tiempo y se ofreció a llevar a mi padre. El avión de carga ya estaba lleno de periódicos cuando un equipo de fútbol de El Espectador que también viajaba a Barranquilla, logró convencer al piloto de que los llevara.

Después de dos minutos de vuelo, el avión de carga y no de pasajeros, se estrelló contra un árbol en el Parque La Florida, partiéndose en tres pedazos y envuelto en llamas. Mi padre fue el único que sobrevivió ileso. Un par de personas fueron llevados al hospital con quemaduras profundas y el resto murió en el impacto inicial, convirtiéndolo en uno de los únicos sobreviviente de ese trágico vuelo.

En abril de 1986, mi padre fue abandonado, casi muerto en ese mismo parque. Tenia dos disparos en la cabeza y signos visibles de tortura y otros hechos desgarrantes, cometidos por el ejercito Colombiano, específicamente, el Batallon de Inteligecia y Contra Inteligencia – Charry Solano (BINCI). Según declaraciones oficiales, estos militares tenían planeado arrojarlo al lago para evitar cualquier posibilidad de supervivencia, pero oyeron un ruido que los sobresaltó. Tiraron a mi padre, quien se estaba desangrando al lado del lago. Tres policías de la municipalidad de Engativá que patrullaban a pie por el parque vieron unas luces de carro, escucharon que habían tirado algo del carro y vieron que el carro se había volado. Cuando se acercaron, escucharon a alguien pidiendo auxilio y rápidamente lo condujeron al centro de atención medica. Durante este tiempo, la policía mencionó que estaban disgustados porque ya habían encontrado varios muertos en el parque, que estaba bajo su jurisdicción.

El mismo mes de abril, el mismo parque, con ocho años de diferencia. Dos ocasiones en donde mi padre se enfrentó a la muerte. Dos veces donde sobrevivió milagrosamente. ¿ Y cómo? Algunos dicen que no era su tiempo para morir. Otros dicen que serán milagros. Algunos incluso dicen que tiene ángeles de la guarda que lo protegen. Supongo que nunca sabré por qué.

Desde que mis padres se fueron de Colombia, ninguno de ellos ha vuelto a visitar este parque. Es un lugar que mi madre menciona frecuentemente cuando me muestra los diferentes recortes de periódicos que se han conservado a lo largo de varias décadas.

Al acercarme al parque, lo primero que noté fue su gran soledad. Aparte de los guardias del parque, no se veía a nadie más. Este aislamiento, junto con su tamaño y naturaleza agreste es lo que lo convierte en un lugar privilegiado para las ejecuciones extrajudiciaes.

Nos acercamos a los guardias del parque para preguntar dónde se encontraba el lago. Mencionaron que necesitamos ser acompañados por un guardia. Esperariamos hasta que uno de los guardias aceptara llevarnos. Me sentí un poco ansiosa. ¿Por qué tenían que acompañaníos? ¿Todavía sería así de inseguro hasta el día de hoy? El guardia quería saber por qué estábamos tan interesados ​​en ver el lago. Tratando de no revelar muchos detalles, le dije que mi padre había sobrevivido el accidente del avión y que quería visitar el lugar donde sucedió.

Caminamos durante unos minutos a través de hermosos árboles y plantas tropicales antes de llegar al lago. Caminé por un pequeño muelle, mientras miraba directamente el agua que me rodeaba de izquierda a derecha. Mientras miraba intensamente al lago, podía sentir los nudos en mi estómago pero no sabía qué era lo que estaba sintiendo. La yuxtaposición de la belleza del parque contrastaba con mis pensamientos internos del dolor de mi padre y su supervivencia, me dejó pasmada. Aunque mi padre sobrevivió milagrosamente, comencé a pensar en cuántos restos de personas aún no se han descubierto en este parque. ¿Cuántos todavía estarán desaparecidos en las profundidades de estas aguas?

Desafortunadamente, este no es el único parque o espacio público donde han ocurrido tales atrocidades. A lo largo del conflicto, la naturaleza bella y abundante de Colombia ha sido utilizada como una herramienta de la guerra, silenciando los gritos de dolor y los cuerpos escondidos, muchos de los cuales nunca se volverán a ver. Ese pensamiento es algo que permanecerá conmigo para siempre.
Visitar el parque fue una forma personalmente de reclamar este espacio, de reconstruir y transformar esta narrativa del sufrimiento, que con frecuencia se le aplica a las víctimas del conflicto, a una narrativa de supervivencia.

De vuelta a Londres, discutiendo esta visita con mi madre, ella dijo: “Tu padre fue a ese parque para vivir y no para morir”. Y ella tiene razón. Sin embargo, la visita también me recordó la necesidad continua de buscar a los miles de colombianos que han sido forzosamente desaparecidos y ​​que se haga justicia a sus familiares. Una gran tarea para el estado colombiano, que se comprometió con las víctimas en este proceso de paz y lo cual es necesario para una transición duradera y estable hacia la paz.